Encuadre histórico

Es indiscutible que la provincia de Málaga ocupa dentro de la cuenca Mediterránea un enclave geográfico estratégico, que apoyado por su entorno natural, hizo de esta zona, desde los albores de las civilizaciones, centro de asentamientos de pobladores de todos los puntos del mundo entonces conocido, que fueron dejando sus huellas en el tiempo y acumulando la cultura, el arte, el folklore y las costumbres que hoy nos caracterizan.

Vamos a hacer un recorrido por todos los pueblos que pisaron alguna vez estas tierras.

Desde la Prehistoria a la Reconquista.

Hace nada menos que 35.000 años, en el Paleolítico Medio, el hombre de Neanderthal ocupó cuevas, covachas y abrigos en nuestra provincia, de lo que tenemos muestras en la cueva de la Pileta (Benaoján) y la cueva de la Tinaja (Tolox). Sabemos que esta época se caracterizó por las bajas temperaturas, llevando al hombre a vivir en cuevas, muy comunes en nuestra provincia, por el tipo de relieve calizo. En el período calcolítico-Bronce, hacia la mitad del III milenio, los hombres se extienden por toda la provincia. Las construcciones características de esta época son las megalíticas, de las que tenemos muestras en los dólmenes de Montejaque y en los del Chopo y de la Giganta en Ronda.

Los griegos llegaron a nuestra provincia en el s. VII a.C., derrotados por los Cartagineses, a los que se les achaca un cierto desarrollo urbano y cierta prosperidad. De este pueblo también hay restos en Ronda.

Las luchas entre Cartagineses y Romanos por el poder del Mediterráneo a mediados del s. IV a.C. dio como vencedores en la segunda guerra púnica a los segundos, asentándose en estas tierras. Fueron los Romanos, los creadores de las villas de campo, prefiriendo las costas. Uno de sus puntos fue río Verde en Marbella, pero también se adentraron en el interior, creando grandes ciudades, como Acinipo en Ronda, de la que aún se conserva en buen estado su teatro.

A los Romanos siguieron los Visigodos y luego los Bizantinos. Entre los Visigodos se produjeron enfrentamientos internos, y una de las partes pidió ayuda a los musulmanes, lo que facilitó su llegada a la Península en el 711. Ha sido el pueblo que más tiempo ha pasado en nuestras tierras, dejando técnicas, costumbres, palabras y un largo etcétera.

Torre de Lifa

En una rebelión interna de los musulmanes, que estuvo a punto de dar al traste con el estado cordobés, de nuevo es nuestro entorno el que influye, pues el caudillo de esta revuelta fue Omar Ben Hafsun. Los muladíes, que eran hispanogodos convertidos al islam, consiguieron hacerse fuertes en el escabroso territorio de la Serranía de Ronda. Esta civilización y su explendor dejó en los pueblos que hoy forman parte del Parque Natural una profunda huella, en su urbanismo y sus monumentos, sobre todo en Ronda.

Con la caída del Califato de Córdoba, se crearon los Reinos de Taifas, dos de los más influyentes en nuestra provincia. Uno fue el de Málaga y el otro el de Ronda. A partir del s. X conviven en la provincia dos comunidades, la árabe-bereber y la mozárabe. Los primeros ocuparon las abruptas zonas de la Serranía.

Todo esto nos indica que nuestro parque, al estar en una zona de difícil acceso, con buenas tierras de labor, aguas abundantes, caza y bosques, fue desde los orígenes del hombre el refugio adecuado para defenderse de luchas, ataques, revueltas y refriegas.

Desde la Reconquista hasta nuestros días.

Después de la Reconquista llega la repoblación castellana. La Serranía de Ronda en aquellos tiempos era el granero de Málaga.

Entre la Sierra Blanca y la del Real, perteneciente esta última al término de Istán, corre el río Verde, sobre el que tenemos un verso que describe una batalla allí librada y dice:

Río Verde, río Verde
tinto vas en sangre viva,
entre tí y Sierra Bermeja
murió gran caballería.
Murieron Duques y Condes,
Señores de gran valía;
allí murió Urdiales
hombre de valor y estima.

La referencia del romance corresponde a una gran batalla producida en época de la conquista por los Reyes Católicos. Pero el paso de los siglos ha borrado las huellas de la derrota de los cristianos y donde resonaron un día gritos de guerra y estruendos de armas, impera hoy la paz a cuyo favor se adornan las bellas riberas con varias edificaciones. En los siglos XVI y XVII se produjeron los deslindes de estas zonas y su repoblación, aunque después hubo que mejorarlos. Según datos de un manuscrito, en el año 1570 los pueblos de la Serranía estaban casi deshabitados y sobre todo en 1630, año que expulsaron de Andalucía con destino a Africa a 750 personas.

Recreación de la visita de Edmon Boissier a los pinsapares

En el s. XVII, caracterizado por la decadencia económica, se crea en Yunquera el comercio de hielo y nieve. Este negocio, establecido en la época de Felipe II (según Canga Argüelles), tiene mayor importancia en el s. XVIII, luego tiende a mantenerse hasta que es olvidado con la aparición de los frigoríficos. De este fenómeno nos quedan huellas en nuestras montañas. Alcanzaremos a ver restos de los famosos pozos de la nieve en alguna de nuestras rutas.

El siglo XIX fue de descontento social. Revueltas y turbulencias caracterizan la época, produciendo un fenómeno a raíz de estas circunstancias que fue el bandolerismo, extendido principalmente por las difíciles tierras de la Serranía de Ronda.

Cortijo del Peñón de Ronda

Toda esta historia contada hasta aquí, nos puede ayudar a imaginar, a la vez que vemos y recorremos las rutas, anécdotas y batallas libradas en sitios que pisamos hoy, pues nos movemos en unas tierras escabrosas, abruptas, insólitas, idílicas, pedregosas en zonas y otras boscosas por las que han pasado muchas civilizaciones.

Si algo ha quedado claro y ha sido continuo en la historia de los habitantes de toda esta comarca ha sido su relación con sus sierras y campos. La dependencia directa de ellos para la subsistencia diaria queda de manifiesto en los antiguos oficios que desarrollaban estas gentes. La explotación de la nieve, la fabricación de carbón y picón vegetal, el cuidado del ganado, el cultivo de cereales y huertas, la recolección de leñas y esparto para confeccionar útiles y herramientas sólo dejaban tiempo para muy de cuando en cuando disfrutar de las tradicionales fiestas y verbenas.

Algunos de esos oficios han tenido tal trascendencia que forman parte ya de la historia de la Sierra de las Nieves.

LOS NEVEROS

La palabra nevero en la Sierra de las Nieves puede significar tres cosas. Lugar donde de forma natural se acumula la nieve por medio de las ventiscas, pozo o cavidad donde era llevada esa nieve para conservarla hasta el verano, o persona que se dedicaba a realizar esas labores.

Y el de nevero fue el oficio más emblemático de la Sierra de las Nieves durante muchos años, e incluso siglos. Lo que en principio comenzó siendo una actividad un tanto oportunista de un recurso escaso en Andalucía, acabó siendo una actividad regulada legalmente, y ofrecida su explotación bajo subasta y gravada con impuestos que hoy se asemejan a los que poseen los artículos de lujo.

El trabajo comenzaba a finales del invierno o inicios de primavera con la últimas nevadas -dicen que la nieve de marzo era la mejor porque su textura y el ser tardías les permitía llegar mejor hasta el verano-. Durante varios días cuadrillas de hombres se encargaban de recoger la nieve mediante espuertas y capazos y llevarla al interior de los pozos donde con la ayuda de grandes mazas de madera era prensada y compactada hasta convertirla en hielo. Este duro trabajo solo podía ser soportado mediante frecuentes descansos ante una hoguera que permanecía todo el día encendida en la pequeña choza de piedra que se construía junto al pozo de nieve.

Una vez lleno el pozo el preciado elemento se aislaba del exterior mediante una gruesa capa de material vegetal (sobre todo aulaga morisca) y otra superior de tierra arcillosa apisonada. El pozo quedaba así sellado hasta el momento de abrirlo.

Ya en verano, cada conjunto de pozos contaba con un encargado que pasaba casi todo el verano junto a ellos con la misión de vigilarlos y de vender la nieve. Ya bien caída la tarde se abría el pozo y la nieve era cortada en grandes bloques, que se metían en serones especiales, totalmente recubiertos de una fina paja llamada tamo que hacía de aislante. Una vez preparada la carga, ésta se disponía a lomos de fuertes caballerías y era transportada por los arrieros. El transporte se realizaba siempre durante la noche para evitar las altas temperaturas, manteniéndose bien aislada y en lugar fresco durante el día si el viaje así lo requería por la distancia. Ni que decir tiene que en los casos en que así ocurría los pesos de salida y llegada del producto llegaban a tener importantes diferencias.

Hay referencias documentales de viajes de nieve de estas sierras de hasta tres días de duración como el caso de una cacería ofrecida por el Duque de Medina Sidonia al Rey Felipe IV en el Coto Doñana en el año 1624, a la cual asistieron 12.000 personas y se llevaba diariamente nieve de la Sierra de las Nieves en cuarenta y seis bestias.

En su lugar de destino, el uso que se daba a esta nieve podía ser diverso. En algunos casos servía para conservar de medicamentos y alimentos, otras veces su fin era el uso terapéutico en hemorragias, inflamaciones y dolores, aunque la mayoría de las veces su utilidad era la de materia prima para la fabricación de helados y horchatas, o bien para enfriar las bebidas en fiestas, ferias y verbenas.

En cualquier caso, éste siempre fue un artículo de lujo que mantuvo una importante actividad comercial y económica que solo pudo mantenerse hasta principios de este siglo, debido a la aparición de las fábricas industriales de hielo.

Cuentan los antiguos neveros que los más agradable de este negocio era el disfrutar, en los calurosos días de verano, de los pequeños chorritos de agua extraordinariamente fresca que surgían de los desagües que tenían los pozos para evacuar la nieve que se derretía en ellos.

Algunos de estos pozos de nieve se encuentran actualmente restaurados en el interior del Parque Natural Sierra de las Nieves, en los términos de Yunquera y Tolox, y pueden ser visitados. De otros muchos quedan vestigios de su presencia.

1.- Acarreo desde los ventisqueros y apisonado de la nieve en el pozo 2.- Cubrición de la nieve con aulaga y tierra
3.- Los Neveros subían a los pozos al atardecer 4.- Saca del hielo
5.- Carga del bloque de hielo 6.- Transporte del hielo en caballerías de noche

LOS CARBONEROS Y PICONEROS

Otro ilustre oficio de la Sierra de las Nieves era el de Carbonero o Piconero. Mediante la poda y tala de árboles se conseguía la madera necesaria para la producción de carbón y picón vegetal en los llamados “Hornos de Carbón y Picón”.

EL CARBÓN

La madera más gruesa, procedente de grandes ramas y troncos, es la utilizada para producir carbón. Para la preparación de estos hornos se apila la madera dejando una especie de pasadizo entre la boca de entrada y una la chimenea por donde saldrán los humos. Posteriormente el horno se completa con una cobertura de pequeñas ramas con hojas, llamada bazisco o ballisco, y encima de ella una capa de tierra arcillosa apisonada. De esta forma solo quedan dos aberturas, la boca y la chimenea.

Carboneros

A través de la boca se prende el horno, que evacuaba humo por la chimenea. Una vez encendido el horno debe ser controlado mediante losas de piedra en las dos aberturas que se tapan o abren a criterio de un experto carbonero. La finalidad de esta operación es conseguir una combustión lenta y precisa, que puede durar varios días según el tamaño del horno, debiendo apagarse éste por asfixia en el momento adecuado, sin precipitarse, ya que el carbón obtenido no sería bueno porque produciría humo al ser prendido, pero sin pasarse porque entonces todo quedaría convertido en cenizas.

EL PICÓN

El bazisco, ramas pequeñas que procede de limpiar troncos y ramas gruesas, también es aprovechado. En este caso no hay que construir un horno, sino que una vez amontonado el bazisco se le prende fuego, casi siempre en el mismo lugar donde se instaló el horno de carbón. Igualmente es necesario conseguir una combustión ideal, por lo que llegado el momento adecuado hay que apagar el fuego, lo cual puede hacerse de dos formas, bien a través de agua, bien por ahogamiento mediante enterramiento. De ambas formas se consigue un carbón vegetal muy fino, ideal para braseros, llamado picón.

Piconero

Muchos hornos de carbón y picón fueron instalados en los abandonados pozos de nieve, por lo que con el tiempo provocaron el soterramiento de estos.

Hay que decir que la práctica continua de estas actividades fue perjudicial para los bosques de toda el área de la Sierra de las Nieves y su entorno ya que era frecuente una mayor explotación del recurso que la regeneración natural. Encinas y quejigos fueron los más castigados, pues estas especies producen un carbón de alta calidad, llegando incluso a desaparecer bosques enteros. Testigo de esto son los deformados quejigos de montaña de las cumbres de la Sierra de las Nieves, efecto de este aprovechamiento. En la actualidad la producción de carbón y picón en la zona es muy reducida, prácticamente limitándose a utilizar restos de la poda de los árboles frutales, sobre todo olivo y almendro.